Operación de carcinomatosis peritoneal: complicaciones y recuperación nutricional

Paciente en recuperación tras cirugía por carcinomatosis peritoneal, acompañada por una profesional sanitaria, con ilustración anatómica abdominal.

Una operación para tratar la carcinomatosis peritoneal puede suponer un proceso de recuperación exigente. En algunos pacientes, la intervención afecta a distintas zonas del abdomen y requiere extirpar segmentos intestinales u otros tejidos comprometidos por la enfermedad.

Después de la cirugía, recuperar la alimentación habitual no siempre resulta sencillo. Pueden aparecer falta de apetito, náuseas, sensación de saciedad con pequeñas cantidades de comida o alteraciones del tránsito intestinal. En determinadas circunstancias también se producen complicaciones que dificultan la recuperación y aumentan el riesgo de desnutrición [1,4,7].

¿Por qué puede perderse peso y fuerza después de la operación? ¿Qué ocurre cuando el intestino no permite alimentarse con normalidad? ¿Es necesario utilizar suplementos o nutrición mediante sondas?

La respuesta depende de la extensión de la intervención, del estado nutricional previo y de la evolución clínica. Comprender cómo afectan estas circunstancias a la alimentación permite entender por qué la atención nutricional forma parte del tratamiento y no debe limitarse a recomendar una dieta al recibir el alta [3,6].

¿En qué consiste la operación de carcinomatosis peritoneal?

El peritoneo es una membrana que recubre el interior de la cavidad abdominal y la superficie de numerosos órganos. Cuando determinadas células cancerosas se extienden a esta membrana pueden formarse implantes tumorales peritoneales, una situación conocida tradicionalmente como carcinomatosis peritoneal.

Esta afectación puede aparecer en algunos cánceres digestivos, como los de colon, recto o estómago, aunque también puede tener otros orígenes.

En pacientes seleccionados, una de las posibilidades terapéuticas es la cirugía citorreductora, cuyo objetivo es eliminar la enfermedad tumoral visible en la mayor medida posible.

Según la extensión y localización de los implantes, puede ser necesario retirar zonas del peritoneo, segmentos del intestino u otros tejidos y órganos afectados. Por tanto, no todas las operaciones son iguales: algunas implican resecciones más limitadas y otras requieren procedimientos abdominales extensos [1,2].

¿Qué es la HIPEC?

En determinados pacientes, la cirugía citorreductora se combina con quimioterapia intraperitoneal hipertérmica, conocida por sus siglas HIPEC.

Consiste en administrar una solución de quimioterapia calentada dentro de la cavidad abdominal durante la intervención, siguiendo un procedimiento controlado.

La indicación depende del tipo de tumor, la extensión de la enfermedad y otros factores clínicos. No todas las personas con enfermedad peritoneal son candidatas a este tratamiento, ni todas las cirugías citorreductoras incluyen HIPEC [1,2].

Esta distinción es importante porque las dificultades de recuperación pueden depender de la cirugía realizada, de las resecciones digestivas, del estado del paciente y, en determinados casos, de los efectos asociados al tratamiento intraperitoneal.

Las recomendaciones de la sociedad ERAS para cirugía citorreductora con o sin HIPEC destacan la importancia de una atención coordinada antes, durante y después de la intervención, que incluya medidas destinadas a favorecer la recuperación [1,2].

¿Qué complicaciones pueden aparecer después de la operación?

La cirugía citorreductora puede ser una intervención de gran complejidad. Cuando se realizan resecciones intestinales o se actúa sobre diferentes regiones del abdomen, pueden aparecer complicaciones que afectan al funcionamiento digestivo y al estado general [1,7].

Esto no significa que todos los pacientes vayan a desarrollarlas. El riesgo varía según la extensión de la enfermedad, los procedimientos realizados y las condiciones clínicas individuales.

Desde el punto de vista nutricional, resultan especialmente relevantes aquellas que impiden alimentarse, producen pérdidas digestivas o desencadenan una respuesta inflamatoria importante [3,6].

Infecciones abdominales.

Después de la operación pueden aparecer infecciones de la herida quirúrgica o infecciones dentro de la cavidad abdominal.

Cuando la infección es importante, el organismo activa una respuesta inflamatoria que modifica el metabolismo. En situaciones graves, especialmente si aparece sepsis, puede intensificarse la degradación de proteínas corporales. Al mismo tiempo, el dolor, la fiebre y el malestar pueden dificultar la ingesta [3,6].

Esta combinación puede agravar el deterioro nutricional, sobre todo en personas que ya presentaban desnutrición o pérdida de masa muscular antes de la intervención.

La atención nutricional forma parte del tratamiento integral, pero no sustituye al tratamiento de la infección ni al control de su origen.

Fugas en las uniones intestinales y fístulas digestivas.

Cuando durante la operación se extirpa una parte del intestino, puede ser necesario unir los extremos restantes mediante una anastomosis.

Una complicación posible es que esa unión no mantenga adecuadamente su integridad y se produzca una fuga de contenido digestivo.

También pueden aparecer fístulas, que son comunicaciones anormales entre el tubo digestivo y otra estructura, una cavidad o la superficie de la piel.

Estas situaciones pueden ocasionar infecciones, pérdidas de líquidos y electrolitos, dificultades para mantener la alimentación y, en algunos casos, pérdidas importantes de nutrientes. Su repercusión depende de la localización, el volumen de las pérdidas y las características del intestino restante [8].

No todas las fístulas requieren suspender completamente la alimentación intestinal. En determinados casos puede utilizarse alimentación oral o nutrición enteral, mientras que en otros es necesaria la nutrición parenteral, especialmente cuando las pérdidas digestivas son elevadas o no pueden cubrirse las necesidades por otras vías [8].

La elección corresponde al equipo asistencial y depende de las características concretas de la complicación.

Retraso en la recuperación del funcionamiento intestinal.

Después de una cirugía abdominal extensa, el intestino puede tardar en recuperar su movimiento habitual.

Cuando esta alteración se prolonga, pueden aparecer distensión abdominal, náuseas, vómitos y dificultades para tolerar alimentos o líquidos.

Esta situación, denominada íleo postoperatorio prolongado, puede retrasar la alimentación y hacer necesaria una valoración nutricional específica. En un estudio observacional de pacientes sometidos a cirugía citorreductora e HIPEC, el íleo prolongado se asoció con una progresión alimentaria más lenta [7].

Su diagnóstico y tratamiento requieren distinguirla de otras causas de alteración del tránsito intestinal.

Cambios digestivos después de las resecciones intestinales.

Algunos pacientes necesitan la extirpación de segmentos del intestino delgado o del colon durante la cirugía.

Las consecuencias dependen de qué parte se haya retirado, de su longitud y de la capacidad funcional del intestino restante.

Pueden aparecer diarrea, cambios en las deposiciones, dificultades para mantener una hidratación adecuada o alteraciones en la absorción de determinados nutrientes.

Por ejemplo, el íleon participa en la absorción de vitamina B12 y en la recuperación de las sales biliares. Las resecciones que afectan a este segmento pueden alterar estos procesos. Por otra parte, la conservación o pérdida del colon influye en la recuperación de agua y electrolitos [9].

Estas consecuencias no aparecen necesariamente en todas las resecciones. Su importancia depende de la anatomía intestinal resultante y de la adaptación posterior.

No todos estos problemas son complicaciones quirúrgicas. Algunos constituyen consecuencias funcionales de las resecciones realizadas y requieren una adaptación nutricional específica.

¿Qué ocurre si es necesario realizar una ostomía?

En determinadas intervenciones puede ser necesario crear una ileostomía o una colostomía para permitir la salida del contenido intestinal a través de una abertura en el abdomen.

Una ostomía no es necesariamente una complicación, sino que puede formar parte del procedimiento quirúrgico previsto.

Sus consecuencias nutricionales dependen del tipo de ostomía, de la cantidad de intestino conservado y de su funcionamiento.

En algunas ileostomías, especialmente cuando el volumen de salida es elevado, pueden producirse pérdidas importantes de agua y sodio. Estas situaciones requieren una valoración específica de la hidratación y del equilibrio de electrolitos. En determinados casos puede ser necesario modificar el tipo y la cantidad de líquidos consumidos o utilizar soluciones de rehidratación oral adecuadas [10]. Para más información puede consultarse nuestro artículo ¿Cómo afectan las ostomías intestinales a la nutrición?

La adaptación dietética debe individualizarse, evitando restricciones alimentarias innecesarias.

¿Por qué puede resultar difícil volver a comer?

Después de una operación extensa, recuperar la alimentación no depende únicamente de tener apetito.

El organismo necesita recuperarse de la intervención mientras el aparato digestivo restablece progresivamente su funcionamiento.

Durante este periodo pueden coincidir diferentes dificultades, incluso cuando no existe una complicación quirúrgica grave.

Falta de apetito y sensación de saciedad.

El dolor, la inflamación, algunos medicamentos y la propia enfermedad oncológica pueden reducir el deseo de comer [6].

También puede aparecer saciedad precoz, es decir, sensación de estar lleno después de ingerir pequeñas cantidades de alimentos.

Cuando esto ocurre, el paciente puede dejar parte de las comidas sin consumir o reducir considerablemente el tamaño de las raciones. Si esta situación se mantiene, puede resultar difícil cubrir las necesidades de energía y proteínas.

Estas dificultades también se han descrito en investigaciones sobre la experiencia de pacientes después de cirugía citorreductora e HIPEC [12].

Náuseas y dificultades de tolerancia.

Las náuseas, los vómitos y las molestias abdominales pueden dificultar la progresión de la dieta.

Sus causas son diversas y no deben atribuirse automáticamente a una intolerancia alimentaria habitual después de la operación.

Un estudio de 42 pacientes sometidos a cirugía citorreductora e HIPEC encontró que la progresión alimentaria más lenta se asociaba con mayor complejidad quirúrgica y con determinadas complicaciones posoperatorias, incluido el íleo prolongado. Se trata de resultados observacionales que no permiten establecer una relación causal [7].

Los vómitos persistentes, la distensión progresiva o la imposibilidad de tolerar líquidos requieren valoración médica para descartar complicaciones [11].

¿Es conveniente comenzar a comer cuanto antes?

Las recomendaciones actuales de recuperación quirúrgica favorecen restablecer la alimentación oral tan pronto como las condiciones clínicas lo permitan.

La guía ESPEN de nutrición clínica en cirugía, actualizada en 2025, recomienda iniciar la alimentación oral o por sonda lo antes posible en pacientes conscientes, hemodinámicamente estables y con tolerancia adecuada, evitando periodos innecesarios de ayuno [3].

Sin embargo, esto no significa que todos los pacientes deban comenzar a comer al mismo tiempo o seguir una progresión alimentaria idéntica.

La extensión de las resecciones, la presencia de complicaciones y la tolerancia digestiva condicionan las decisiones.

En algunos casos es posible recuperar pronto la alimentación oral. En otros, puede ser necesario avanzar más lentamente o utilizar soporte nutricional [1,3,7].

El objetivo es conseguir una alimentación suficiente y segura, no acelerar la dieta independientemente de la situación clínica.

¿Cómo afectan la cirugía y sus complicaciones al estado nutricional?

Una de las consecuencias más importantes de una cirugía abdominal extensa es el riesgo de deterioro nutricional.

Este riesgo no aparece únicamente después de la operación. Algunos pacientes ya presentan pérdida de peso, reducción de la ingesta o disminución de masa muscular como consecuencia del cáncer y de sus tratamientos [3,6].

La intervención puede añadir nuevas dificultades, especialmente cuando aparecen complicaciones.

Inflamación y pérdida de proteínas musculares.

Después de una cirugía importante, el organismo activa mecanismos de respuesta a la lesión y reparación de tejidos.

Durante este proceso se producen cambios hormonales, inflamatorios y metabólicos que pueden favorecer la degradación de proteínas corporales.

Si además existe una ingesta insuficiente, puede aumentar el riesgo de pérdida de masa muscular. Las infecciones graves y otras complicaciones inflamatorias pueden intensificar el deterioro metabólico [3,6].

La pérdida muscular puede manifestarse como disminución de fuerza, cansancio y dificultades para recuperar la actividad habitual.

Por eso, la recuperación nutricional no debe evaluarse exclusivamente mediante el peso corporal.

Infografía sobre cómo las complicaciones tras la cirugía de carcinomatosis peritoneal pueden provocar inflamación, menor ingesta y pérdida de masa muscular.

¿Por qué el peso no siempre refleja la pérdida muscular?

Durante la hospitalización pueden producirse cambios importantes en el equilibrio de líquidos.

La administración de sueros, la inflamación y la retención de líquidos pueden modificar el peso corporal y dificultar la interpretación de sus cambios.

Una persona puede mantener un peso aparentemente estable y, sin embargo, haber perdido masa muscular.

La valoración nutricional debe considerar otros aspectos, como la evolución de la ingesta, los cambios de peso previos, la fuerza, la funcionalidad y, cuando corresponda, la composición corporal.

La guía ESPEN 2025 incorpora la evaluación de la fragilidad y la sarcopenia en el abordaje perioperatorio, junto con medidas nutricionales y funcionales adaptadas a cada paciente [3].

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¿Qué sabemos sobre la desnutrición después de esta cirugía?

Un estudio publicado en 2026 evaluó la evolución nutricional de 345 pacientes sometidos a cirugía citorreductora e HIPEC.

Los investigadores comunicaron desnutrición en el 24 % antes de la intervención, en el 34 % al séptimo día y en el 50 % al alta hospitalaria [4].

La evaluación utilizó la Patient-Generated Subjective Global Assessment (PG-SGA), una herramienta de valoración nutricional empleada en pacientes oncológicos.

Estos porcentajes corresponden a los momentos de evaluación comunicados por los investigadores. No deben interpretarse como cifras aplicables a todos los centros ni como prueba de que cada paciente experimentara un deterioro progresivo.

El estudio también encontró que los pacientes con desnutrición preoperatoria presentaban una estancia hospitalaria más prolongada: una mediana de 20 días frente a 16 días. Sin embargo, no identificó diferencias estadísticamente significativas en la morbilidad posoperatoria global entre los grupos comparados [4].

Por tanto, estos resultados no demuestran que la desnutrición cause por sí sola las complicaciones, pero sí ponen de manifiesto la importancia de vigilar el estado nutricional durante todo el proceso asistencial.

Una revisión sistemática publicada por Gearing y colaboradores en 2023 también examinó la valoración y las intervenciones nutricionales en pacientes sometidos a cirugía citorreductora e HIPEC [5].

La evidencia disponible señala la relevancia de la atención nutricional, aunque la heterogeneidad de los estudios y sus limitaciones metodológicas dificultan establecer conclusiones definitivas sobre determinadas intervenciones.

¿Puede recuperarse la masa muscular solo aumentando las proteínas?

Las proteínas son necesarias para mantener y reparar los tejidos, pero la recuperación muscular depende de otros factores.

La inflamación, la inmovilización, el estado funcional y la cantidad total de energía consumida también influyen.

Por ello, la intervención nutricional debe acompañarse, cuando resulte posible, de movilización progresiva y rehabilitación adaptada a la situación clínica [3].

No existe una cantidad única de proteínas válida para todos los pacientes. Los requerimientos deben individualizarse según el estado nutricional, la función de los órganos y la evolución de la enfermedad [3,6].

¿Qué ocurre si el paciente no puede alimentarse con normalidad?

Cuando la alimentación habitual no permite cubrir las necesidades nutricionales, pueden utilizarse distintas formas de soporte.

La elección depende del funcionamiento digestivo, la cantidad de alimentos que el paciente consigue consumir, la duración prevista de las dificultades y la presencia de complicaciones.

La atención nutricional debe comenzar desde que se identifica el riesgo, sin esperar necesariamente a que aparezca una pérdida de peso importante [3].

Adaptación de la alimentación oral.

Cuando el paciente puede comer de forma segura, suele intentarse cubrir sus necesidades mediante una alimentación adaptada.

Si existe saciedad precoz, puede resultar útil distribuir la comida en tomas más pequeñas.

También pueden seleccionarse alimentos con mayor densidad energética o proteica para aportar más nutrientes sin aumentar excesivamente el volumen [6].

Estas medidas deben ajustarse a la tolerancia y a las consecuencias de las resecciones realizadas.

Por ejemplo, una persona con diarrea persistente después de una resección intestinal puede necesitar recomendaciones distintas de otra que conserva la función digestiva, pero presenta poco apetito [9].

No existe una dieta universal después de la cirugía citorreductora.

Las restricciones prolongadas de fibra, grasas u otros componentes alimentarios deben responder a una indicación clínica concreta, evitando limitaciones innecesarias que dificulten alcanzar una alimentación suficiente y variada.

Suplementos nutricionales orales.

Cuando la alimentación habitual resulta insuficiente, pueden indicarse suplementos nutricionales orales.

Son preparados que aportan cantidades conocidas de energía, proteínas y otros nutrientes.

Su composición y cantidad deben adaptarse a las necesidades del paciente.

No sustituyen automáticamente a la alimentación convencional ni están indicados en todas las personas operadas. Su objetivo es complementar la ingesta cuando la dieta no permite alcanzar los requerimientos nutricionales [3,6].

Nutrición enteral: alimentación mediante una sonda.

La nutrición enteral permite administrar fórmulas nutricionales directamente al aparato digestivo mediante una sonda.

Puede utilizarse cuando el paciente no consigue alimentarse suficientemente por la boca, pero existe una vía intestinal funcional y segura.

Según la situación, la fórmula puede administrarse en el estómago o en una zona del intestino.

ESPEN 2025 recomienda iniciar nutrición enteral dentro de las primeras 24 horas en pacientes que no pueden cubrir sus requerimientos mediante alimentación oral o en quienes todavía no es posible establecer una dieta oral, siempre que la nutrición enteral esté indicada y pueda administrarse con seguridad [3].

Esta recomendación no significa que todas las personas operadas de carcinomatosis peritoneal deban recibir nutrición por sonda.

La indicación depende de la situación individual, de las intervenciones realizadas y de las posibles contraindicaciones.

Nutrición parenteral: cuando el intestino no puede cubrir las necesidades.

En algunas complicaciones, el aparato digestivo no puede utilizarse de forma segura o suficiente para aportar los nutrientes necesarios.

En esas circunstancias puede estar indicada la nutrición parenteral, que permite administrar nutrientes directamente al torrente sanguíneo mediante un acceso venoso.

Puede utilizarse como única vía de soporte cuando la alimentación oral y enteral están contraindicadas o no son viables. En determinadas circunstancias también puede emplearse como complemento cuando estas vías no permiten cubrir suficientemente los requerimientos [3].

La nutrición parenteral puede aportar energía, aminoácidos, grasas, vitaminas, minerales y electrolitos, pero requiere prescripción y seguimiento especializados.

Entre sus posibles riesgos se encuentran las infecciones relacionadas con el catéter y las alteraciones metabólicas.

Su utilización no depende únicamente de la existencia de una complicación abdominal, sino de la capacidad real para utilizar el aparato digestivo y alcanzar los requerimientos nutricionales [3,8].

¿Cuándo debe iniciarse el tratamiento nutricional?

La recomendación 9 de ESPEN 2025 establece que debe iniciarse tratamiento nutricional inmediatamente cuando se prevé que el paciente no podrá alimentarse por vía oral durante cinco días o más, o cuando su ingesta no haya superado el 50 % de sus necesidades energéticas durante más de siete días [3].

Estos criterios ayudan a identificar situaciones en las que la ingesta insuficiente exige una intervención.

No significan que deba esperarse ese tiempo para valorar a una persona que ya presenta desnutrición o un riesgo nutricional importante.

La atención debe individualizarse desde que se detecta el problema.

En pacientes con desnutrición significativa o periodos prolongados de ingesta muy reducida, también es necesario considerar el riesgo de síndrome de realimentación al reintroducir el aporte nutricional.

En estas circunstancias, la alimentación puede requerir una progresión controlada y vigilancia clínica y analítica, especialmente de los electrolitos [3].

¿Cómo se recupera la alimentación después del alta?

El alta hospitalaria no siempre coincide con la recuperación completa del estado nutricional.

Algunos pacientes regresan a casa con menor apetito, sensación de saciedad precoz, alteraciones del tránsito intestinal o dificultades para recuperar la fuerza.

Otros necesitan continuar temporalmente con suplementos nutricionales o, en situaciones seleccionadas, con soporte enteral o parenteral domiciliario [3,9].

La recuperación depende de la cirugía realizada, de las complicaciones que hayan aparecido y de los tratamientos oncológicos posteriores.

Recuperar la alimentación de forma progresiva.

Cuando existe buena tolerancia, la alimentación puede ampliarse gradualmente hasta alcanzar una dieta suficiente y variada.

Si el paciente se sacia rápidamente, puede ser útil repartir la ingesta en varias comidas y priorizar alimentos que aporten suficiente energía y proteínas [6].

Sin embargo, no todos necesitan comer pequeñas cantidades ni seguir una dieta de fácil digestión durante el mismo periodo.

Las recomendaciones deben adaptarse a los síntomas y a las características del aparato digestivo después de la operación.

Si se han realizado resecciones intestinales o una ostomía, puede ser necesario prestar especial atención a la hidratación, las pérdidas digestivas y la absorción de nutrientes [9,10].

Las personas con ileostomía pueden consultar información específica sobre sus repercusiones nutricionales y la reintroducción de alimentos en los artículos dedicados a estas intervenciones.

¿Qué debe vigilarse durante el seguimiento nutricional?

El seguimiento puede incluir la evolución del peso, la cantidad de alimentos consumidos, la tolerancia digestiva y la recuperación de la actividad cotidiana.

Cuando está indicado, también se valoran la fuerza muscular, la composición corporal y determinados parámetros analíticos.

En pacientes con resecciones intestinales, diarrea persistente o pérdidas digestivas importantes puede ser necesario investigar déficits nutricionales y alteraciones hidroelectrolíticas [9,10].

La guía ESPEN 2025 recomienda mantener la valoración y el tratamiento nutricional después del alta cuando la situación clínica lo requiere [3].

La atención puede implicar a profesionales de cirugía, oncología, nutrición clínica, enfermería y rehabilitación.

Recuperar la fuerza también forma parte del tratamiento.

La recuperación nutricional no consiste únicamente en volver al peso anterior.

También importa recuperar la capacidad para caminar, realizar actividades habituales y mantener la autonomía.

La movilización progresiva y la rehabilitación, cuando están indicadas, complementan la atención nutricional [3].

En pacientes que necesitan continuar con tratamientos oncológicos, detectar y tratar precozmente las dificultades alimentarias puede resultar especialmente importante para preservar el estado funcional y favorecer la continuidad de la atención [6].

¿Qué síntomas deben motivar una consulta médica?

Durante la recuperación pueden aparecer molestias digestivas, pero algunos síntomas requieren valoración médica porque pueden indicar una complicación.

Es importante contactar con el equipo asistencial ante fiebre, dolor abdominal progresivo, vómitos persistentes, distensión abdominal creciente, incapacidad para tolerar líquidos o cambios preocupantes en una herida quirúrgica.

También debe comunicarse una reducción importante de la ingesta, una pérdida rápida de peso, diarrea persistente o signos de deshidratación, como disminución marcada de la cantidad de orina.

Si aparecen dolor intenso, deterioro rápido del estado general, dificultad respiratoria, confusión o signos de deshidratación grave, debe buscarse atención urgente. Las instrucciones específicas de alta y los teléfonos facilitados por el equipo quirúrgico tienen prioridad [11].

Estas situaciones no deben tratarse únicamente mediante cambios alimentarios o suplementos nutricionales.

Conclusión.

La operación de carcinomatosis peritoneal puede afectar de distintas maneras a la alimentación y al estado nutricional, especialmente cuando requiere resecciones digestivas extensas o aparecen complicaciones.

Las infecciones, las fugas digestivas y las alteraciones del funcionamiento intestinal pueden dificultar la ingesta y favorecer el deterioro nutricional.

La valoración nutricional antes de la intervención, la detección temprana de una ingesta insuficiente y el seguimiento después del alta permiten adaptar el soporte nutricional a las necesidades de cada paciente [1,3,6].

La alimentación es una parte importante de la recuperación, pero no existe una dieta única después de esta cirugía. Las recomendaciones deben ajustarse a los procedimientos realizados, al funcionamiento del aparato digestivo y a la evolución clínica.

Aviso:

Este contenido tiene carácter divulgativo y no sustituye la valoración individual del equipo médico y de nutrición clínica responsable del tratamiento.


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Bibliografía.

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  2. Hübner M, et al. Guidelines for Perioperative Care in Cytoreductive Surgery (CRS) with or without Hyperthermic Intraperitoneal Chemotherapy (HIPEC): Enhanced Recovery After Surgery (ERAS®) Society Recommendations. Part I: Preoperative and intraoperative management. European Journal of Surgical Oncology. 2020;46(12):2292–2310. https://doi.org/10.1016/j.ejso.2020.07.041
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  11. University College London Hospitals NHS Foundation Trust. Hyperthermic Intraperitoneal Chemotherapy (HIPEC). Información para pacientes. https://www.uclh.nhs.uk/patients-and-visitors/patient-information-pages/hyperthermic-intraperitoneal-chemotherapy
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